Vistiendo la historia

Hacia 1860 Charles Federick Worth, un inglés residente en París tuvo la idea de colocar a cada vestido que confeccionaba una etiqueta con su firma. Este detalle                                –aparentemente insignificante– supuso un cambió fundamental: a partir de entonces los modistos comenzaron a firmar sus creaciones asemejándolas a obras de arte, ganando prestigio y reconocimiento. En palabras de la periodista Charlotte Seeling:        “ Eso era la moda, lo demás simple indumentaria”.

A lo largo de los años los cánones de belleza femeninos han ido mutando, ligados al estilo imperante. El contexto social y el papel de distintos diseñadores han sido clave para la transformación.  Hoy, nos hemos propuesto el apasionante reto de repasar la evolución de la moda. 

Durante siglo XIX, el cuerpo femenino se mostró ceñido y abultado, acercándose al prototipo del denominado “reloj de arena”. El mundo de la costura, dominado por varones, potenciaba los volúmenes superiores e inferiores, quedando la cintura constreñida por el corsé. Médicos y feministas lucharon desde mediados del XIX para liberar a la mujer de las ataduras del corsé; dónde los primeros veían un riesgo para la salud, el movimiento feminista veía un símbolo de opresión.

El invento de la bicicleta, en 1885, contribuyó en gran medida a la liberalización del cuerpo femenino. A finales del XIX muchos países comenzaron a trabajar en una moda más funcional y tuvo lugar un gran desarrollo del vestido. Sin embargo, los primeros modelos tachados de “sacos reforma” no fueron del gusto de la clientela. Pese a los deseos de emancipación, las mujeres rechazaron verse como sacos amorfos.

El ciclismo femenino permitió cierta ruptura con prendas de la época, dotando a las mujeres de atuendos más cómodos sin perder el sentido de la sofisticación. 

 

Pese a ser uno de los grandes visionarios de la moda, Poiret murió en 1944 arruinado y olvidado por la industria.

Considerado el primer diseñador de la historia, el francés Paul Poiret decidió declararle la guerra al corsé, pero sus intereses, lejos de buscar la comodidad de la mujer, eran meramente estéticos: la división del cuerpo en dos fragmentos le parecía algo ridículo. En 1906 diseñó un vestido bautizado “La Vague”, con sus líneas sobrias y estrechas el cuerpo era recubierto como una ola. Dejando atrás la belleza encorsetada, la “mujer Poiret” podía moverse con agilidad sin renunciar a la elegancia. El corsé fue sustituido por sujetadores flexibles y ligeros portaligas. Definido a sí mismo como el “tirano de la moda”, Poiret creó en 1910 la denominada falda trabada, esta creación, dada su estrechez, obligaba a quien la llevase a caminar a pasos diminutos, pues apenas permitía andar. El supuesto liberador de las mujeres ironizó con su creación: “He liberado sus torsos pero les he atado las piernas”. Afortunadamente, su malvada  prenda tubo escasa popularidad.

En 1909 los Ballets Rusos actuaron por primera vez en París; la capital de la moda fue hipnotizada por el vestuario de los bailarines que   lleno de ritmo y color emanaba libertad. A su vez, en la primera década del siglo XX proliferó el interés de las mujeres por actividades deportivas como el tenis o el esquí. Fruto de ello, los diseños adquirieron movilidad y restaron recato.

El estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914 supuso una gran transformación de estilo. La marcha de los hombres al frente aceleró la incorporación de la mujer al trabajo. Situación que tuvo consecuencias en la indumentaria femenina: las prescripciones en el vestuario quedaron relegadas, proliferó la ropa de trabajo y los uniformes. En esta etapa destacó Gabrielle Chanel, la diseñadora que había lanzado una innovadora colección de vestidos de punto, supo rentabilizar las demandas de funcionalidad requeridas en tiempos de guerra.

En los años 20 junto con el culto a la juventud se desarrolló la estética flapper que hizo que las mujeres acortasen su melena, marcasen discretamente el pecho y la cintura, renegando del corsé, y acortasen los largos de los vestidos mostrando las rodillas.

Los años treinta, sin recurrir a exageradas ostentaciones no dejaron de lado la apariencia, esta fotografía de 1938 realizada por Horst P. Horst es buena muestra de ello. ©Horst P. Horst

El crack de 1929 inauguró una etapa de cambios políticos y desempleo, llegaron tiempos difíciles, también para el sector de la moda. A pesar de la crisis, fue llamativo el interés por el modo de vestir correcto que tuvo lugar en tiempos de la Depresión, lo principal era guardar las apariencias. En cuanto a estilo, se buscaba realzar el cuerpo sin exhibirlo. Vestidos sencillos eran completados con pieles y extravagantes sombreros. La corsetería se impulsó de nuevo durante los años 30, con tejidos ligeros como el látex los bustos volvieron a marcarse.

En los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial(1945), la moda había adoptado cierto carácter uniformado: las hombreras se ensancharon, las faldas se acortaron y proliferó el uso de guantes altos, bolsos bandolera y zapato plano. Un aspecto formal daba poca cabida para la innovación en los diseños. Frente al resto de países, solo París– gran capital de la moda– se permitió cierta extravagancia.

Los años 50 fueron la  década por excelencia de la alta costura. El new look de Christian Dior, surgido en 1947, abandero el cambio. Lejos del avance, el cuerpo de la mujer volvió a enjaularse. Tras los horrores de la guerra, las féminas deseaban sentirse hermosas y mostrar el resurgir de un nuevo tiempo en su indumentaria. El new look –perfecta representación de tales deseos–se impuso con fuerza. Este nuevo estilo, y los que se desarrollaron en torno a él, se caracterizaron por hombros suaves caídos, cintura estrecha, caderas redondeadas y talles muy estrechos. 

Los años 60 estuvieron colmados de protestas juveniles, iniciándose una contracultura, la recuperación económica y la asfixiante opresión de las clases burguesas fueron el detonante. La encarnación del ideal de belleza estaba en Twiggy, una lánguida modelo inglesa de dieciséis años y cuarenta kilos que llegó a transformarse en todo un ídolo de masas. Otra mujer determinante de la década fue Jacqueline Kennedy, la primera dama norteamericana se convirtió en todo un símbolo de estilo. Amante de la moda francesa fue obligada, a su pesar, a vestir con diseños estadounidenses en sus apariciones públicas; muestra de la influencia de la moda en la política.

Twiggy, cuya traducción es “ramita”, fue la primera modelo que con su revolucionario aspecto logró transformarse en un verdadero icono entre las jóvenes.©Vogue

El diseñador más destacable del momento fue Yves Saint Laurent, el que empezó como asistente de Dior pronto se perfiló como genio. Ya bajo su propia firma, el look safari y el esmoquin femenino se convirtieron en dos de sus grandes éxitos.
El final de la década estuvo marcado por un mix de tendencias lejos de cualquier canon: estampados variados, faldas y pantalones, mezcla de lo mini y lo maxi…

En el neoyorkino Studio 54 tenían lugar las fiestas más exclusivas, donde se congregaban celebrities de la talla de Jerry Hall y Andy Warhol. ©Vogue

En los años 70 el pacifismo de los hippies fue seguido de una corriente activismo político . Los pensamientos se individualizaron, siendo esta década calificada por el periodista Tom Wolf “me decade”(la década del yo). Esta individualidad también se hizo patente en la moda: sin reglas fijas cada cual escogía lo que mejor se adaptaba a su gusto. Surgió el termino anti-fashion, en ese intento de libertad creativa a menudo se buscó acaparar atención recurriendo a looks estridentes y poco convencionales. Convivieron  diversas corrientes, desde la rebelde estética punk a los deslumbrantes brillos del Estudio 54 o la revolución del glam rock, cuyo principal representante fue David Bowie.

El vaquero se situó como la prenda del momento, apta para todos los públicos y todas las ocasiones. Las dietas y el fitness se encontraron a la orden del día, estableciendo un canon de belleza de cuerpo esbelto y definido, para marcar la silueta la ropa se hizo aún más estrecha.

Un elenco de “tops” formado por Karen Mulder, Linda Evangelista, Christy Turlington, Claudia Schiffer y Carla Bruni custodian al gran Gianni Versace. ©iodonna.it

El glamour invadió los años 80. Imponiendo eso de que “más es más” la nueva generación marcada por los yuppies(jóvenes y acaudalados profesionales de éxito)no solo gastaba dinero sino que exhibía su estatus a través de la apariencia. El logotipo se impuso a la calidad. Fue en esta década cuando surgió el fenómeno de las llamadas fashion victims, muchas mujeres se convirtieron en víctimas de la moda comprando sin criterio lo que se llevaba en cada momento para sentirse satisfechas.
Gianni Versace supo encarnar a la perfección este espíritu de excesos y materialismo.En el lado opuesto,  Giorgio Armani cambió el concepto de glamour para rendir culto a la elegancia discreta. Hollywood sucumbió a los encantos de ambos maestros.Las tops models del momento como Claudia Schiffer o Nomi Campell encarnaron el modelo de belleza ideal, con sus medidas de 90-60-90 parecían autenticas diosas.

A mediados de los 90 las supermodelos comenzaron a ser desplazadas por maniquíes cada vez más jóvenes, de aspecto frágil y cuerpos huesudos. Kate Moss se posicionó como nuevo icono. La llegada de Internet revolucionó por completo el negocio de la moda, ya nada sería (ni será) igual. Consecuencias: las colecciones llegarón a la red segundos después de mostrarse en pasarela, el mercado sucumbió a la copia en detrimento de la creación y el poder del consumidor adquirió poder.
Diseñadores como Dolce & Gabbana o Alexander McQueen recurrieron al sexo como reclamo, con campañas y propuestas creativas muy agresivas.
A su vez, la moda vivió una corriente minimalista que frente a la opulencia de los 80  defendió el lema  “en la sencillez está el gusto”, expresado en  básicos de calidad como una blazer o una pantalón negro.

Kate Moss y CK: esta campaña publicitaria para Calvin Klein catapultó a la modelo y a la firma norteamericana al éxito.©Calvin Klein

Más de 3 millones de seguidores en Instagram, las portadas más prestigiosas…Chiara Ferragni jamás pudo imaginar que su blog la convertiría en toda una celebridad. ©Vogue Spain

El cambio de milenio generó un acercamiento de la moda hacia las masas. Las celebrities comenzaron a mezclar artículos de lujo con marcas al alcance de todos y modelos o actrices de renombre prestaron su imagen a cadenas de ropa como Mango o H&M. En cuanto a estética, en el 2000 continuó imperando la delgadez, el eterno (y polémico) debate de las tallas ocupó artículos y titulares. Afortunadamente, poco a poco se fue recuperando el gusto por los cuerpos de aspecto saludable y atlético y modelos como Gisele Bundchen –representantes de este tipo de belleza–triunfaron en las pasarelas.La crisis económica, iniciada en 2008, y la sobre abundancia de colecciones, 500 al año, ayudaron a que se generase cierto clima de fatiga e insatisfacción en el sector. En la primera década del 2000 un nuevo fenómeno fue tomando fuerza, el de los blogs. No es un disparate afirmar que muchos de ellos ejercen más influencia que las propias cabeceras. En la era virtual cualquiera es libre para causar tendencia.Hoy Instagram a tomado el relevo a la blogosfera. ¿Cuál será el siguiente paso?

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